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La energía, un bien básico

Los humanos que tenemos la suerte de vivir en un país desarrollado somos adictos a la energía. Obtenemos bienestar y placer cuando consumimos energía. Viajes a lugares alucinantes, luces en la oscuridad, calor cuando hace frío, frío cuando hace calor... los síntomas son conocidos.

Por desgracia, todavía no notamos los efectos secundarios del consumo compulsivo de energía. Para empezar, no percibimos nuestro problema de adicción porque no creemos hacer nada extraordinario, ya que todos nuestros vecinos son también adictos. No nos sentimos responsables individuales del problema que causamos, ya que los efectos globales son debidos a la adicción de miles de millones de personas como nosotros.

Además, y quizá esto sea lo más preocupante, todo indica que los efectos negativos de nuestra adicción a la energía los van a sufrir principalmente otras personas, en países lejanos, pobres y más vulnerables al cambio global que estamos causando nosotros. Por último, una gran parte de la gente que hoy parece ser consciente del problema, no acepta las terapias disponibles, porque éstas también tienen sus efectos secundarios (aunque sean mucho menores).

Como otros casos de adicción, el problema tiene solución, pero es fácil intuir que nos va a costar mucho desengancharnos de la energía tal y como la conocemos hoy (abundante, siempre disponible y muy barata). Para complicar más las cosas, la mayor parte de la población no adicta que vive en países en vías de desarrollo desea fervientemente ser adicta como nosotros.

27.000 millones de toneladas de CO2 al año

El párrafo anterior tiene muchas imprecisiones y requeriría muchos matices. Para empezar, no es cierto que la energía se consuma por nadie ni por nada. La energía en el Universo permanece constante desde su origen en el big-bang. La energía sólo cambia de forma. Fluye continuamente de una forma a otra y hemos aprendido a hacerla fluir en nuestro beneficio, especialmente la que se obtiene de procesos de combustión. Desde el descubrimiento del fuego, la combustión de un material carbonoso accesible ha sido una de las formas más fáciles y atractivas de dotarnos de luz y calor. Tras agotar las fuentes más inmediatas de madera (la deforestación en Europa tuvo lugar hace muchos siglos) nos lanzamos hace unos 200 años a consumir combustibles fósiles (carbón primero y luego petróleo y gas natural). Cuando quemamos combustibles fósiles, estamos liberando una energía almacenada durante millones de años, y liberamos a la vez en forma de CO₂ todo el carbono que los seres vivos capturaron tediosamente mediante la fotosíntesis. El 81% de la energía primaria que “utilizamos” para dotarnos de bienes y productos energéticos proviene de reacciones de combustión de combustibles fósiles.

Los números que acompañan a los flujos de energía y CO₂ son enormes. El suministro de energía primaria en el mundo fue el equivalente a 11.400 millones de toneladas equivalentes de petróleo al año (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, IPCC, 2007). Casi la mitad se consumió en países ricos de la OCDE. Sin incorporar costes ambientales a la ecuación de costes, lo más fácil y barato en cualquier parte del mundo es obtener esta energía de la combustión de los combustibles fósiles, y por ello se emiten a la atmósfera en todo el mundo más de 27.000 millones de toneladas de CO₂ al año (IPCC, 2007).

A pesar del creciente consenso sobre la necesidad de reducir dichas emisiones, las emisiones de CO₂ siguen creciendo en los últimos años y es muy probable que sigan creciendo si no se acometen políticas drásticas de reducción. La tendencia al alza de las emisiones de CO₂ y la enorme resistencia a reducirlas se debe a que los factores que determinan dichas emisiones son muy difíciles de modificar.

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Texto extraído del libro Cambio global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra (Carlos M. Duarte et al.), Colección Divulgación, CSIC y Catarata (p. 191-193).